Pum, clic. Una puerta sonando del portazo y el pestillo cerrando por fin contra la jamba.
-Siéntate y escúchame. Tengo muchas cosas que hacer y estoy gastando mi tiempo en aclararte cosas básicas que ya deberías saber... querida.
El hombre, rubio dorado, estaba rondando alrededor de su escritorio, con un tono de paciencia peligrosa, vacilando al pronunciar “querida”.
-Soy consciente de que me llaman mantenida, aprovechada, traidora y términos peores a los que no me voy a rebajar. Pero haz que no se note tanto lo difícil que es soltar un cumplido... querido.
La mujer, morena y de brazos cruzados al lado y sin sentarse siquiera en la rechinante silla, entonó con el mismo sarcasmo que el hombre lo había hecho.
Ignorándola, continuó hablando frío y calculador, aunque la tenue sonrisa en sus comisuras dio a entender que la respuesta de la chica... le había gustado sobremanera.
-Que te quede muy claro que yo soy el jefe aquí. Puede que tú inviertas en la mercancía en ocasiones, negocies las transacciones y sobornes a las autoridades, sin embargo, no tienes ningún poder.
-¿Tienes miedo de que se me suba a la cabeza? Creo que ha sido un
piccolo errore colocarme en el puesto en el que estoy. Rebájame, si gustas.
Ambos personajes seguían con ese cierto retintín en sus voces y los ojos fríos, sin emociones, aunque nunca se podían ocultar esas luces de plena excitación por la tensión del momento.
-¿Miedo? -El hombre, rió, un sonido grave y estremecedor mientras inclinaba su elegante figura ligeramente hacia ella.- Si quiero vender alcohol en otras zonas, lo hago; si quiero matar a un testigo, lo hago; si quiero eliminar a un asociado e iniciar a alguien en
la nostra arte , lo hago. Porque puedo hacerlo, pero
io sono capriccioso , y quiero que lo hagas tú. -Dijo con aire seductor pero frío, alardeando de su poder.
-No dudo que tienes un talento inmenso, pero fuiste tú quien me instaló aquí, quien me trajo aquí, quien me ofreció esto,
¿capito? -Los ojos acaramelados de la muchacha ganaban emoción, su voz subía de tono resultando afectada. No podría ser, pero estaba pasando.-
Io no sono niente...
-Llegaste aquí,-Interrumpió ese desbordamiento de barreras el hombre, apareciendo su figura en frente de la mujer- manipulando, convenciendo, aprovechando. Eso sin duda alguna es un gran don,
cara mia.-Su voz era ahora dulce pero igual (incluso más) estremecedora, aconsejando mientras los dedos de su mano izquierda rozaban la suave y blanca mejilla femenina que tenía delante.- De eso se trata, de aprovechar. La vida...
nuestra dolce vita... te presenta muchas oportunidades, y si no sabes aprovecharlas, ¿qué haces aquí? No deberías ni estar frente a mí, sino afuera, vendiendo chicle. Pero te uniste al negocio. Simple, rápido y con excelentes recompensas.
Ahora, ambos mirando a un hombre castaño completamente atado y amordazado a una silla rechinante, lloriqueando y aún medio borracho; el hombre rubio se alejó de la mujer morena mientras ella observaba el llanto sumergida en sus pensamientos.
Un hombre que seguramente se había metido en asuntos turbios, sucios, de bebida, juego y droga. Alguien que tendría a lo mejor mujer e hijos… Y que estaba arruinando su vida y la de su familia por puro capricho.
Esa cosa llamada ser humano, alzó los ojos hacia ella, mostrando su muerto color, de un metal azulado, los ojos llorosos, rojos; podridos.
Sin previo aviso, el hombre apuesto y más alto que ella, acoplado a su espalda, susurraba entre su sedoso y liso cabello como si le confesara al diablo secretos sobre el paraíso.
-Se necesitan cuatro virtudes básicas para poder encajar en este negocio: astucia, inteligencia, habilidad para mentir y carencia de escrúpulos. Si las posees todas, sabrás hacerte camino... Y yo sé…
che la mia piccola farfalla arancione tiene ese don...
Silencio, y un nombre pronunciado con una voz perfecta y una sensualidad casi imposible en un arrastrado acento siciliano.- Sazelle...
Ella se giró, respiraba el aliento a tabaco negro de su boca mientras observaba los verdes ojos con destellos.
-Reconozco esa mirada. Te preguntas por qué lo hago... Para conseguir lo que quiero. No hay emoción ni recompensa alguna en ganarse la vida de forma honrada...
-Ensúciate las manos...-Una sonrisa y una mirada de puro gato salvaje, sucio, lascivo cruzó el rostro del hombre mientras la miraba.
-Yo...
-Oh...vamos, complace a tu Corleone. Además se lo merece. -Dijo tendiéndole otra vez el revólver con una sonrisa taimada-
… Se si chiede molto...
-…Si può perdere troppo... lo sé, querido –Respondió Sazelle, con una mirada cómplice y una sonrisa pícara, dejándose caer en la inconsciencia de ese pequeño placer.
Clic, pum. Un gatillo apretado y el revólver disparando contra el pobre y consumido cuerpo del alcohólico maniatado y amordazado.
El nuevo silencio limpió el aire de los lloriqueos y con una risa jocosa Don Vittore despidió a su pequeña joya.
-Cierra la puerta al salir, Sazelle.
El jefe la miró con falsa indiferencia mientras marchaba con su elegante y atractivo paso. Justo un metro antes de alcanzar la puerta saltó hacia ella cogiendo su cintura y dándole la vuelta, la besó posesiva pero dulcemente apretando su pequeño y frágil cuerpo contra el suyo; después del fogoso beso deslizó sus labios hacia la oreja de ella dando pequeños besos en la trayectoria y tras un pequeño mordisco final en el lóbulo, susurró: -
Buon lavoro, principessa.