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jueves, 10 de mayo de 2012

Distancia conjunta.

Ese sueño le había acompañado a lo largo de muchas noches, pero ahora era de día y estaba despierto, muy despierto. El único fantasma era el fuerte viento del invierno contra su ventana, el único ser humano inerte era la pequeña muñeca de porcelana que Sara le había regalado antes de partir. Observó el techo mal pintado de su piso mientras se preguntaba con el sudor en la frente por el sentido de los sueños. Él siempre había pensado que un sueño, fuera como fuese, era el deseo más profundo de su alma.
Estaba decidido. Eran tan solo las 7 de la mañana pero el sol lucía entre las nubes y tenía claro lo que iba a hacer que cambiaría toda su vida. Subió al desván y se acercó a su pequeño escritorio colmado de papeles, tomó la pluma entre sus dedos y un perfecto rectángulo de papel color crema; deslizó la punta de su instrumento estilográfico por el papel trazando líneas y curvas que formaban las palabras. Minutos después solo se oyó un sonido que quebró todos los demás.
Pum.
Un diminuto corazón en una enorme y bella ciudad dejó de latir, dejando en el polvoroso suelo una nota:

“Sara, sé que te hice aquella promesa de continuar, de olvidarte y de…vivir… pero ya he comprobado que es inútil proponerse estos retos… Voy contigo, mi pequeña, espero que no leas esta nota; tú también habrías roto la promesa de no buscarme... y eso me encantaría. Me tomé el lujo de cerrar con un portazo, ya que no estás en mi cama para despertarte. Estoy muerto para el mundo. Dejo mi vida, voy a la tuya, ya que también es la mía…
Aaron Corvin

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