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Pasos. Su cabello flotando en el aire nocturno. Una puerta que se abre y una habitación que respira soltando una vaharada de humo blanco. Gritos y gemidos mezclándose entre el aroma denso del opio. Ruidos de tacones altos en un suelo. Tac, tac, tac.
Ella entra en escena, rodeada de un aura de peligro y poder. Ropa negra cubre su cuerpo perfecto, su melena oscura y rojiza captura la escasa luz, ojos dorados desdeñosos se pasean por los rincones repletos de yonquis que reptan buscando aferrarse a sus largas piernas. Los aparta con un simple toque con la punta del zapato y ellos vuelven arrastrándose a la oscuridad donde les corresponde estar.
-Gusanos.
Ella es, indiscutiblemente, la Reina de ese inframundo. Con la barbilla alta, Regina pasa sin hacer caso de los susurros reverentes que brotan de las gargantas de sus vasallos. La piel nívea de su escote refleja las luces halógenas del corredor y su mirada de largas pestañas se dirige al frente, siempre al frente, olvidando o no sabiendo cuántas vidas deja atrás.
Todos los que se encuentran allí esta noche pidieron un crédito a Regina y lo avalaron con su belleza, pero el plazo expiró sin haber saldado la deuda y terminaron entregando su vida y la felicidad de quienes le rodeaban para pasar al menos unos minutos a solas con ella. Cada uno de ellos sufre cuando Regina no se presenta ante ellos, sudan, tiemblan, lloran y gritan sintiendo el fuego en las venas y las náuseas en el vientre. Algunos caen desvanecidos o presas de alucinaciones en los que Regina se les presenta, envuelta por su misterio y llamándoles con voz de sirena y una sonrisa seductora en los labios.
Todos desean huir del reino y enterrar en lo más hondo de su memoria el recuerdo de Regina, pero ninguno es capaz de pasar más de unos días sin ella. Entonces acuden al reino buscando sentirse vivos nuevamente gracias a ella.
Regina avanza, felina, sintiendo un secreto desprecio por los cuerpos secos de los que una vez fueron hermosos y prometedores y se dejaron devorar por el monstruo hambriento de la decadencia, conquistados por la voz que les pedía el alma a cambio de delirios de grandeza.
El suelo se estremece bajo sus pies calzados con tacones kilométricos, las paredes color vicio se agrietan y el aire se corta con su perfume. Entre todos los espectros, abriéndose paso entre toda esa decadencia, Regina camina. Tac, tac, tac.
Regina observa con oculta curiosidad de reojo a los sirvientes pacientes al lado de su recinto de trabajo en aquel antro. Con movimientos asombrosamente perfectos y calculados pasa a su despacho, muebles viejos y pobres, enmohecidos en su interior lo decoran. Goteras y arañas colman el techo en el que una lámpara de cristal tintinea con el leve viento del ambiente. Regina, felina y perfecta, descansa recostándose en el borde del escritorio mirando su primer siervo libre, del exterior, requiriendo un préstamo.
Es alto, apuesto, su pelo castaño brillaba tenue como cobre en la estancia, ojos negros. La Reina actúa sobre sus límites, rompiéndolos, haciéndole ser presa de sus mayores deseos, haciendo que sean incontrolables. La daga, propiedad de la Reina que descansaba en el escritorio, perfecta y elegante como la dueña; acabó en manos del joven. Se acercó a ella, seguro de sí mismo, rodeándola con un solo brazo el cuerpo, sentándola sobre el escritorio. Regina mostraba una sonrisa inquietante, brillante, como el filo de la daga que el muchacho paseaba por sus piernas, muslos...levantando el ya corto atuendo de la chica.
Sus ojos negros ardían el deseo que ella misma le dio, el mismo con el que ella jugaría a aumentarlo, y después, hacerlo añicos para soltarlo después al aire de aquel lugar, para que todos respiraran deseos inalcanzables de ella.
Jugó una vez más, jugó a ese juego que le encantaba. Robarles la mirada, el contacto, el deseo, la lujuria, la felicidad, el dolor de saber que han fracasado, la vida, el alma.
Levantando sus piernas, clavó casi con dulzura sus tacones en su pecho, empujándole hacia la pared húmeda, desconchada. Era el momento de más poder e importancia del mortal, de un hermoso joven que se secaría igual que los demás... La daga que el joven soltó, cayó en la delicada mano de Regina, empuñándola con elegancia y peligro. Con un levísimo movimiento de muñeca, lanzó la cuchilla, clavándola exactamente en la pared, arañando la yugular del chico. Sentimientos en tropel emanaban de esa fina línea de sangre que resbalaba por la clavícula del joven... Aún deseo, pasión, frustración, necesidad, error... humano. Regina relamía sus labios de forma sensual, sonriendo fiera, observando su obra de arte.
El muchacho, ya con la mirada carente de luz y sentimiento personal, puro, de él; se encaminó hacia el asqueroso antro lleno de desesperación, deseo y droga que tanto despreciaba la Reina.
Un chico nuevo de su misma edad, con el cabello dorado oscuro, la ofrecía una de sus mejores sonrisas y unos ojos brillantes, como luces marrones verdosas encendidas de par en par. Regina se apartó el sedoso cabello para leer esa luz, clavando el oro sólido de sus ojos en él. Ansia, deseo de tenerla, de servirla, afecto, lujuria contenida, alejada de su mente... Rosas. Regina captaba un agradable olor a rosas, que mezclado con el humo del local lo hacía más penetrante.
Bajó los ojos a sus manos, en las que había tres rosas, perfectas. La primera de ellas era azul, azul lleno de pureza pero oscurecido, un azul fresco. Los pétalos de aquella hermosa planta tenían pequeñas gotas de cristalina agua, parecían estar congeladas. La siguiente flor era blanca, pura, inmaculada, frágil al estar aún en capullo. Se apreciaba que sería bella y brillante, dorada en su centro, hermosa.
La última rosa, que cautivó a Regina, era como ella, hermosa y oscura, sin perder su brillo propio. Era de un rojo tan aterciopelado y oscuro que rozaba la perfección, las tinieblas rojizas de su cabello... pero de misteriosas maneras sus bordes levemente dorados resaltaban en ella, en ellas.
Regina rozó la mano del muchacho al coger la rosa; suspiró, un suspiro placentero, de sueños cumplidos y ansias calmadas pero en aumento. La frágil piel nívea de la Reina fue atravesada por una de las espinas de la flor, haciendo surgir una roja gota de su dedo, pasión.
Los ojos del chico se tornaron tristes, al borde de la rabia y el odio al ver herida a la Reina. Separó sus labios para hablar, pero los rápidos dedos de Regina se posaron sobre ellos, depositando esa gotita roja en su boca.
Una vez más y como siempre, todos los sentimientos del joven se quedaban en nada, eran polvo, cenizas resultadas del abrasador deseo de ella, sus delirios y alucinaciones. Obediente, otro cuerpo más, otra vida, otra alma más se dirigía a sus dominios, putrefacta, podrida... corrompida.
-Patético.
Ofreció a la rosa que había elegido un frasco con agua limpia, con restos ocultos de estupefacientes, ya que antes contenía heroína. Regina se imaginó una flor como ella: bella, perfecta, con la adicción por su tallo y sus pétalos. Insuperable.
Repentinamente, unas manos de hombre acariciaban la cintura de Regina, su espalda estaba pegada al cuerpo levemente musculoso del joven, sus manos subían y bajaban por su cadera. Regina suspiró, la gustó, la gustaba, la había sorprendido. El chico tuvo que oírla, la pegó todavía más contra él, subiendo más las manos, perfilando el contorno de su cuerpo con delicadeza, cariño y deseo, repitiendo el proceso a la contra. Los dedos del joven en las caderas de la chica ganaron protagonismo, apretaron con algo de fuerza su piel al tiempo que olía su cabello. Regina sonreía con los ojos cerrados, dejando cautivar al muchacho que aún no había visto.
Con rapidez, delicadeza pero con ganas incontenibles, el muchacho dio la vuelta a Regina, encontrándose con su rostro a pocos centímetros. Era galán, con el negro cabello enmarañado pero encantador, rebelde, y unos ojos casi igual de dorados que los de ella. Estaban llenos de deseo, de valor, de decisión, de pequeñas chispas de lujuria, de... amor. Los ojos de Regina intentaban parecer objetivos, fríos, pero el sólido oro que hacía su color se estaba convirtiendo en miel derretida solo con mirar esos ojos...
Regina se sentía en éxtasis y al tiempo enfadada porque alguien consiguiera cautivarla; sujetó sus mejillas y le besó.
Un beso de la Reina sería un paraíso pero después los delirios y deseos acababan con el mortal, llevándole a las puertas de la muerte en solo minutos. El beso era hambriento por ambas partes, dulce en sabor, silencioso, apasionado, compartido. No corría el aire entre los dos cuerpos pegados, nada.
Regina separó su boca de la del joven para mirar como sus ojos ardían antes de que su corazón se parase, algo delicioso, pero... Sonreía.
Sonreía al tiempo que llevaba su dedo pulgar a los labios de Regina para correrla el carmín, acariciándola el rostro con los demás dedos, al tiempo que se volvía a acercar a su boca. Regina sonrió, rió, casi gritó mientras le mordía sin demasiado cuidado el labio al muchacho.
Lo había encontrado.
Era él.
Sin duda... era él.
Es él.