Tic...tac, tic...tac. Un hermoso reloj dorado viejo sonando sobre una enorme cómoda repleta de pequeños compartimentos; haciendo su trabajo de forma espléndida: las agujas rompiendo el silencio, confiriendo tiempo en aquel cuarto tan concreto y al mismo tiempo tan oculto entre oscuras dimensiones.
La Reina reposaba envuelta en sábanas de un color oscuro pero intensamente profundo, eran de satén; mientras decenas de almohadones mullidos de blancas plumas estaban distribuidos a lo largo y ancho de la descomunal cama. Respiraba plácidamente boca arriba sonriendo perdida en sus sueños, prácticamente desnuda, solo un fino camisón grisáceo estaba adherido a su perfecto cuerpo. Su terso pelo levemente ondulado, se movía al compás de su aspiración, sosegada.
Su manso y plácido reposo se vio interrumpido por el frío viento del exterior y la cálida luz dorada del sol incidiendo sobre sus ojos del mismo color, una ventana abierta.
Regina incorporándose sobre el colchón, observaba con ceño fruncido el ventanal abierto de par en par. Con un suspiro de escalofriante paciencia, se levantó y caminando con pasos siempre medidos y con ritmo mudo, cerró la cristalera.
La pequeña pero impresionante Princesita se desperezaba como la más felina de las gatas cuando notó por su clavícula una sensación muy conocida para ella: el mimo helado del borde de un puñal. Rió, complacida y entretenida revelando el blanco puro de sus incisivos a la atmósfera de su cuarto. Con una velocidad propia de alguien como ella, terminó sobre su lecho, arrojada por dos fuertes manos de hombre hasta el lugar donde se encontraba, su cama.
Izó la áurea mirada, aún con su sonrisa en las comisuras de los labios, descubriendo a su destacado compañero siempre leal y protegiendo (o agrediendo) sus espaldas.
El hombre, con varios años más que ella, se aproximaba hacia la orilla de la cama de la Reina, con sus ojos anaranjados gozosos y entusiasmados, sobre los que no caía ni un mísero cabello dorado brillante y grisáceo; reflejando los mismos rayos de oro que emitía el sol y posteriormente los ojos de la muchacha.
Mientras su querido amante hablaba de trabajo (que no la interesaba ni lo más mínimo en esos instantes), paseaba y hacía danzar su brillante daga sobre el níveo cuerpo de la Reina. Ella entrecerraba los ojos agradada por el tacto y la tensión de una posible lesión por corte, estudiando al tiempo al hombre: enteramente de negro, elegante, atractivo y refinado a excepción de su escotada camiseta en punta, granate, que mostraba el color nevado y albino de su piel dura, suave, acogedora de su cálido pecho. Cuando la Reina deseo con todas sus fuerzas ver su rostro y sus impresionantes ojos, él bajaba por su costado besándola de forma cariñosa, agradable... Pero la Reina, no complacida, realizó uno de tantos movimientos perfectos: ambos estaban de pie, cerca del borde del colchón, amenazándose mutuamente.
Regina tenía divinamente sostenida una pistola negra, con brillo intenso granate como toque personal de la cual sólo ella conocía su escondite; contra la sien de su querido amigo. Al mismo tiempo y en el segundo exacto, el hombre rubio presionaba la punta de su daga bajo la elegante barbilla de la Reina; ambos cerca, muy cerca, oliéndose, sintiendo sus corazones acelerarse mientras se les dibujaban sonrisas escalofriantemente atractivas... cómplices.
Con la risa de Regina, se mezcló el sonido del metal de una daga contra el mármol del suelo, el olor a pólvora de un disparo que acabó en la pared, causado por un arma de fuego al caer. Ambos cuerpos estaban pegados, ambas bocas estaban conectadas, ambas lenguas estaban jugando... sin cesar; mientras el cuerpo de la Reina reposaba boca arriba en su cama, con su fiel compañero Dorado sobre ella, besándola de la forma más inhumana jamás inimaginable...
Entre los intrincados y enredados besos en su cuello, Regina gemía con levedad mientras sonreía tremendamente divertida, sintiendo el peligro, excitación y locura más cercana y persistente cuando su pierna izquierda fue doblada, su camisón completamente subido y su blanco y suave muslo interior presionado contra la cadera del hombre...
A pesar de tanto poder, de tanta belleza en un cuerpo humano que ni por asomo lo es, a la Reina le falta algo tan esencial como cariño, afecto, amor. Aún con pequeñas lágrimas en sus mejillas, su fiel compañero Dorado la besó con ternura esas gotas de agua pura y salada, levantándose de su cama, acicalándose con un elegante traje enteramente de seda blanca, albina y suave como él. Regina cayó en la cuenta de que el Diablo, aunque se vista de seda, no tiene porque pertenecer exclusivamente a las tinieblas.
La Reina cerró sus bellos ojos al mundo y solo se escuchó silencio.
Aquel precioso reloj dorado de la enorme cómoda dejó de marcar la hora, el tiempo ya no existía en su alcoba.
Las agujas yacían derretidas sobre la cómoda.